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A Rosalina Jovel, de 66 años, se le llenan los ojos de lágrimas al recordar cuando, siendo una veinteañera, ella y su hija de dos años y medio se establecieron en Marion.
Mientras sostiene en sus manos un viejo y desmoronado diccionario español-inglés recuerda cómo dependió de él, junto con un bolígrafo y una libreta, para aprender inglés mientras se desempeñaba como trabajadora doméstica.
“Este diccionario fue mi machete, no sólo para poner comida en la mesa sino también para criar a mis hijos”, dice en alusión a la tradicional herramienta de corte salvadoreña que se utiliza en la agricultura.
Jovel llegó al South End de New Bedford en 1987, siendo una de las primeras mujeres centroamericanas en establecerse en la ciudad. Aunque su viaje refleja el de muchos inmigrantes, su inquebrantable determinación de seguir adelante con su familia la distingue. Inicialmente aterrizó en Los Angeles en 1982, siguiendo a un hermano mayor, motivada por su decisión de ayudar a sus padres que permanecían en El Salvador en medio de una brutal guerra civil.
Su destino la llevó hasta Marion cuando reemplazó a una amiga que había abandonado sus planes de viajar a Massachusetts. Jovel cambió la familiaridad de la comunidad hispana de Los Angeles por una aventura atrevida, una decisión que ahora valora con orgullo.
“Lloré, pero también hay que ser valiente”, dice. “Originalmente planeé quedarme aquí sólo dos años, pero ya han pasado 41. He pasado más tiempo de mi vida aquí que en El Salvador. [Estoy] feliz de estar aquí hoy” en New Bedford.
Envíe un correo electrónico a Gerardo Beltrán Salinas a gerardo@newbedfordlight.org

